Todo queda en casa
Antoni Fogué, teniente de alcalde de Santa Coloma de Gramanet, ha sido elegido, este martes, presidente de la Diputación de Barcelona. Fogué sustituye a Corbacho, que había sustituido a Montilla. Fogué es, además, marido de Manuela de Madre, que había sido alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet y al dejarlo, en 2002, dejó al frente del consistorio a Bartomeu Muñoz, hijo del último alcalde franquista, y falangista de carné (54.607), Blas Muñoz. Ahora, Muñoz hijo, favorito a presidir la Diputación -de hecho ha sido presidente en funciones desde que Corbacho dimitió hace unos días- le cede el cargo de una de las instituciones que maneja más dinero público a Fogué. Todo queda en casa.
El gusto nacionalista al régimen cubano
La escritora cubana, exiliada en París, ha estado este lunes en Barcelona. Invitada por el Grupo Zeta ha pronunicado una breve conferencia, seguida de un turno de preguntas y acompañado, todo, con un suculento -por lo que se ve y se lee- almuerzo.
EHB ha estado ahí y nos cuenta, sin describirlo directamente, qué es eso de la afinidad nacionalista catalana al régimen cubano: Sin tribuna.
Todo está saliendo según el guión dictado
Cuenta el cubano-catalán Ernesto Hernández Busto que:
Cuando el próximo día 24 Raúl Castro comparta o acapare los dos cargos de la nomenklatura que han quedado momentáneamente vacantes -la Presidencia de una república fantasma y la jefatura de un ejército defasado-, la “transición” cubana habrá llegado a su feliz término institucional.
Y es que, para el editor de Penúltimos Días, todo este asunto de la renuncia de Fidel Castro “está saliendo según el guión dictado desde el Palacio de la Revolución”, pese a que desde la prensa se esperan, siempre, gestos simbólicos.
EHB lo tiene claro:
[Fidel Castro] Morirá en la cama, cualquier día de estos, y Cuba tendrá entonces la opción de sacar cuentas póstumas. O bien pudiera sacarlas ahora. Ya que no somos capaces de vaticinar el futuro inmediato de la isla, ¿por qué no sopesar cuál ha sido el legado político del penúltimo caudillo cubano?
Tampoco difiere tanto de EHB, la opinión de Enrique Meneses (periodista español que estuvo en Sierra Maestra con los Castro y el resto de barbudos). No en el fondo, al menos. Meneses cree en el cambio en Cuba y que la dictadura se puede acercar a posturas de democráticas. Eso sí, pide paciencia. Y eso también, no sabemos cuánto tiempo aguantarán los cubanos una transición tan especial.
Fidel Castro no repetirá como Comandante en Jefe
Finalmente, Fidel Castro no volverá a presidir el Consejo de Estado y ejercer de Comandante en Jefe de Cuba. Raúl Castro será, probablemente, su sucesor, que se eligirá el domingo entre los miembros del Parlamento votados recientemente. Las reacciones no se han hecho esperar y, muchas de ellas, se podrán seguir en el blog Penúltimos Días, dedicado a los asuntos cubanos.
Es difícil que se sepa, algún día, si Fidel ha renunciado voluntariamente -tal y como formalmente parece- o si la presión de los reformistas, sumado a su delicada situación de salud, ha obligado a la renuncia voluntaria. ¿Se abrirá Cuba a la democracia? La dictadura se resquebraja, no cabe duda, pero todavía es pronto para saber el tiempo de vida del régimen castrista. Quizás el castrismo desaparezca con los dos Castro. Fidel tiene 81 años, Raúl, 76.
En su mensaje en el Gramma (órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba), Fidel Castro lo ha dejado escrito:
A mis entrañables compatriotas, que me hicieron el inmenso honor de elegirme en días recientes como miembro del Parlamento, en cuyo seno se deben adoptar acuerdos importantes para el destino de nuestra Revolución, les comunico que no aspiraré ni aceptaré- repito- no aspiraré ni aceptaré, el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe.
Kosovo, en el panorama europeo
Noche de cafés, tabaco, llamadas y tensión, mucha tensión, más de la que nos podemos imaginar por las imágenes que siguen enviándonos desde Pristina. Rusia dice -y mantiene- su no a la independencia de Kosovo. Geoestrategia internacional, dicen. Puede ser. La capacidad de influir sigue siendo uno de los objetivos de la potencia y motor de la ex URSS, pero hay más.
Algunos apuntes tomados a vuelapluma que se deberían tener en cuenta. (1) Estados Unidos cuenta ya con una base militar en Kosovo, con la independencia de este país su influencia no necesita pasar por Belgrado, pro Rusia. (2) La ex región serbia está controlada policialmente por la ONU -único caso en el mundo- y se rige por la resolución 1244 de 1999, que en ningún momento explicita la posibilidad de independencia de Kosovo. (3) De hecho, ha sido el Parlamento sin contar con la población (no se ha llevado a cabo ningún referendo) el que ha declarado la independencia. (4) Con el nacimiento de este nuevo estado se configura, por primera vez, un estado de mayoría musulmana en Europa.
Pese a los incidentes de apenas una cincuentena de jóvenes radicales en Belgrado, lo más preocupante en materia geoestratégica internacional, a medio-largo plazo, son las celebraciones (con banderas albanesas al viento) en Suiza, Bélgica, Austria y, sobre todo Macedonia, donde la comunidad albanesa parece haber cogido aire en sus reivindicaciones secesionistas.
El Parlamento de Kosovo declara su independencia
El Parlamento kosovar se declara independiente de Serbia, solo después de tener el apoyo explícito de Estados Unidos y la Unión Europea. Y, aunque no tenga nada que ver una situación con la otra, el Gobierno autonómico vasco lo utiliza como espejo. Los nacionalistas españoles (es decir, los vascos y catalanes) se han fijando en tantos otros pueblos que al final han perdido la propia identidad que pregonan. Solo hay que leer la declaración de (más) intenciones del Gobierno vasco (.doc).
Acertado, sin embargo, ha estado Carod-Rovira: Cataluña y Kosovo son “realidades absolutamente distintas”. Los fracasos de los reflejos falsos de Lituania, Estonia, Letonia, Eslovaquía… han moderado las declaraciones y comparativas de algunos dirigentes independentistas catalanes. Sorprende que esta vez Kosovo no sirva de ejemplo. Y no es de extrañar, porque, por mucho que se intente vender, desde los medios de comunicación, la declaración de independencia manifestada hoy por el Parlamento kosovar como un movimiento ciudadano y una declaración de todo el pueblo no hay nada, en Kosovo, que augure un futuro esperanzador una vez sea aceptado como un estado independiente por la comunidad internacional.
Kosovo se convierte en una de las regiones más pobres de Europa -la bandera que ondean los kosovares como muestra de felicidad tras la declaración parlamentaria es la de Albania: ¿es ese el objetivo de los políticos kosovares?-, el 37% de la población cuenta con aproximadamente 1,42 euros al día para sobrevivir, la tasa de analfabetismo es de casi el 25%, la región no podrá desarrollar el turismo mientras siga bajo presencia militar y, algo que no han aclarado los opinantes internacionales tan preocupados con el medio ambiente y las emisiones de CO2, la esperanza económica de Kosovo se llama carbón (tercera reserva más importante de Europa), que no vive los mejores momentos. Por no hablar del pasado del primer ministro, Hasmim Thaçi.
Cuán pequeños somos
Fue Luis Pericot, arqueólogo y prehistoriador, quien dijo en algún momento de su dilatada vida (1899-1978) que solamente había dos ciencias que nos hacían tomar conciencia de cuán pequeños somos: la astronomía en el espacio y la prehistoria en el tiempo. Esta última semana se han intercalado en las noticias descubrimientos y acontecimientos que corroboran la proposición planteada por el maestro Pericot. Lo diminutos que somos en el espacio y lo insignificantes que llegamos a ser en el tiempo.
Las imágenes que desde el Discovery y la Estación Espacial Internacional nos han llegado han sido de una belleza indescriptible. Las salidas de los astronautas al espacio exterior han puesto de relieve la soledad que se debe sentir y lo microscópico de uno mismo viendo la Tierra desde las alturas y con el infinito a sus espaldas. Desde un lugar en el que no se distingue entre día y noche, la sensación de cuán pequeños somos debe de penetrar hasta la última célula del más insensible de los humanos.
Las fotografías de los tripulantes del Discovery, paseando por su rededor, con la superficie de la Tierra al fondo, manchada de grandes nubes blancas, marcan –han marcado- un antes y un después en la historia de la humanidad. Cabe recordar, llegado a este punto, que existe una corriente de historiadores que marcan el inicio de una nueva era –en la que todavía nos encontraríamos- con la llegada del hombre a la Luna el 20 de julio de 1969. Por lo que no sería tan descabellado pensar que este viaje del Discovery, y su reparación estando en órbita de la manera que se hizo, fuese un punto importante y a seguir dentro de la historiografía contemporánea.
Pero como la historia es terca, y Pericot fue muy sabio, en la misma semana en la que el hombre se concienciaba de que su existencia en el espacio era minúscula, unos hallazgos en Sudáfrica nos hacían reflexionar, también, sobre nuestra escasa entidad temporal en la historia.
En la revista Science, un grupo de investigadores de la Universidad de Toronto acaban de publicar un artículo donde dan a conocer los hallazgos, en Sudáfrica, de varios huevos con embriones fosilizados de dinosaurios que, según las primeras investigaciones, datan de hace 190 ¡millones de año! Y que los Massospondylus, nombre que recibe el tipo de dinosaurios del hallazgo, en edad adulta llegarían a medir hasta cinco metros de alto.
Para dar mayor fuerza al argumento de Pericot tan sólo hace falta recordar las fechas, aproximadas evidentemente, de la formación de la Tierra (hace 4.500 millones de años), la aparición de los homínidos (hace 4 millones de años) y de la aparición de la escritura (en el III milenio antes de Cristo).
Datos, estos últimos, que confirman cuán pequeños somos al situarnos en la línea temporal de la historia de la humanidad. Y, como bien aseguró don Luis, junto con la astronomía en el espacio, nos hacen tener conciencia de lo irrisorio que somos con respecto al espacio y la vida tan exigua con respecto al tiempo. Es decir, cuán pequeños somos…
- Texto publicado en Diario Siglo XXI.
Trabucar conceptos
Suele ocurrirle a una gran mayoría de personas, que hablando o escribiendo, confunden el concepto con la extensión cómoda y adoptada de este, lo cual acaba por transformar, o pervertir cuando menos, el significado real del concepto originario. ¿A qué me estoy refiriendo?
En ocasiones, para referirnos al Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, que así se denomina, acortamos el término –tanto hablando como escribiendo- hasta el punto que lo reducimos a Gran Bretaña o Inglaterra. Pervirtiendo claramente el lenguaje y su significado. Es evidente que no es lo mismo Gran Bretaña que Reino Unido –término este último único aceptable a la hora de abreviar el nombre real-, ya que el primer término nos sitúa en un plano geográfico y el segundo en una división administrativa (o política). Lo mismo ocurre cuando llamamos ingleses a todos los ciudadanos del Reino Unido, ignorando por completo a los escoceses, galeses o norirlandeses. ¿Acaso podríamos decir que los españoles son los únicos ibéricos? No creo que los portugueses y los andorranos –menos aún los gibraltareños- estuviesen muy de acuerdo, además de no ser cierto, claro.
Algo similar ocurre con el término América. En según qué contexto el escribiente o hablante puede estar refiriéndose al continente americano, en su conjunto, sólo al norte del continente o, sin más, a la nación denominada Estados Unidos de América. E incluso, como le ocurrió recientemente a uno de nuestros ministros, confundir la denominación de los Estados Unidos de América por la de Estados Unidos de Norteamérica. Nombre este último que no corresponde a ninguna nación existente de momento.
Ejemplos como estos podemos encontrar muchos, lamentablemente, como el de asociar –cada vez menos- Rusia con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.). Y, por lo tanto, llamar ruso a un ciudadano ucraniano o lituano, cuando en realidad todos eran soviéticos, pero no todos rusos. Aunque tras la descomposición de la U.R.S.S., a partir de 1991, vamos aprendiendo que no es lo mismo un ruso que un bielorruso.
El uso incorrecto de los términos, definiciones y denominaciones, tanto geográficos y políticos como históricos, que están bien definidos y reglados para que nos podamos entender todos, suele ser algo casi inconsciente y de forma inocente. Pero no siempre. Hay casos en los que la perversión o tergiversación del lenguaje –las palabras que lo forman- es de forma deliberada y con la intención de cambiar su correcto y actual significado. Un ejemplo muy significativo de este último tipo de engaño lingüístico-conceptual es el que utilizan, habitualmente, los políticos para argumentar y legitimar ciertas actitudes y posturas basándose en historias pasadas.
Así, denominar a lo que en un tiempo fue la Corona de Aragón como Corona (¡o Federación!) catalano-aragonesa es, cuando menos, faltar a la verdad. De la misma manera que enfrentar realidades como Galicia y España, como si el primer término no estuviese implícito en el segundo, es trastrocar los conceptos que definen.
Pero cuidado, en realidad, estos últimos dos ejemplos más bien parecen un intento de cambiar la historia en lugar de un error conceptual inocente, lo cual es mucho más grave.
- Texto publicado en Diario Siglo XXI.
Mentiras a una celebración
Henry Kamen es un prestigioso historiador e hispanista británico, que hace pocos meses publicó su última obra titulada “Felipe V: el rey que reinó dos veces”, y que en diversas ocasiones ha conseguido irritar al nacionalismo catalán con declaraciones históricas de gran calado. De todas ellas la más clara es la opinión que tiene el historiador de los hechos ocurridos el 11 de septiembre de 1714 en Barcelona.
El historiador, tras una serie de investigaciones, que no han necesitado ser muy exhaustivas para mostrar hechos reales tal y como sucedieron, ha redactado una serie de acontecimientos que la historia nacionalista-separatista catalana ha ido desfigurando a lo largo del tiempo, principalmente desde finales del siglo XIX, momento en el que se configura el catalanismo, paso previo del actual nacionalismo y que seguramente dará paso a una fuerza separatista radical. Estos acontecimientos que el nacionalismo catalán abandera como fuerza nacional catalana contra las tropas españolas y que tienen en el 11 de septiembre de 1714 su punto de celebración –hay que ser un poco masoquista para celebrar una derrota- como día nacional catalán son hechos de resistencia local, es decir, la resistencia de las tropas del archiduque Carlos y pretendiente al trono real español, no olvidemos esto último, es básicamente en Barcelona y no en toda Cataluña como quieren hacernos ver los perdedores de hoy. Además, la resistencia al ataque borbónico que se lleva a cabo en la ciudad condal tiene una duración de trece meses, con lo cual la fecha del once se septiembre no es más que la fecha de la última derrota, pero ¿por qué no nos recuerdan la fecha del inicio del sitio? O mejor aún, ¿por qué no celebramos durante trece meses el día nacional de Cataluña?
Una de las mayores mentiras que se han contado y se siguen contando, sobre todo por los historiadores y profesores universitarios, es que la guerra fue entre catalanes y españoles. Como si hubiese sido una guerra entre dos naciones o dos estados. Algo que es totalmente falso, ya que la lucha fue entre partidarios del pretendiente borbónico Felipe de Anjou y partidarios del pretendiente Carlos de Austria. Recordemos, nuevamente, que era una guerra civil española, del siglo XVIII, y una guerra civil no es una guerra entre territorios si no que es una guerra entre dos bandos de un mismo territorio. Algo parecido sucede con la guerra civil de 1936 – 1939, los nacionalistas catalanes dicen algo así como que Cataluña perdió la guerra civil y la ganó Franco. Pues vaya falacia. La guerra civil (la del siglo XX sobre todo) la ganan unos y la perdemos todos. Y en el bando borbónico, el que sitiaba Barcelona, encontramos, según el historiador Kamen, a muchos catalanes y muchos de la Corona de Aragón.
Pero esto no es todo, no solo el ejército borbónico tenía contingentes de catalanes, si no que la mitad, aproximadamente, del ejército sitiado estaba compuesto por alemanes. Que siete días antes del 11 de septiembre, el día 4, Rafael Casanova rechazara una rendición digna con Berwick, que estaba al mando de las tropas borbónicas, tampoco se cuenta en las universidades y libros pro-separatistas catalanes. Que las pérdidas de las tropas sitiadas fue de 6000 combatientes, aproximadamente, sí se cuenta, pero que en el otro bando murieron alrededor de 2000 soldados no se cita en ningún sitio. Que entre Casanova y Villarroel no existía buena sintonía lo demuestra la dimisión de este último tras rechazar la propuesta de paz del 4 de septiembre, y no como quieren vendernos ahora los nacionalistas catalanes de que tanto uno como otro son héroes de la patria por la defensa de unos valores, unos sentimientos y una tierra, que realizaron juntamente.
Pero para demostrar, una vez más, que el nacionalismo es obtuso, cerrado e irreal, sólo tenemos que ver el siguiente dato. El héroe de la nación, Rafael Casanova, que defendió casi hasta la muerte su tierra, estaba ya apenas cinco años después en Barcelona, ejerciendo de abogado, viviendo en una casa de gente bien asentada, con dos criados y con numerosas posesiones adquiridas por parte de la familia de su esposa. ¡Qué héroe y cuánto perdió Cataluña! ¡Menuda represión!
Claro que todo esto no lo cuentan los libros -subvencionados- de los estudiantes en las escuelas, los institutos y menos aún, los libros que se recomiendan en las universidades. Tiene que venir un historiador británico a explicarnos nuestra historia, la historia de una guerra civil en el siglo XVIII, una guerra en la que muchos catalanes perdieron pero muchos otros ganaron, igual que el resto de españoles. Una guerra que el nacionalismo catalán cree –o quiere hacernos creer- que perdimos todos los catalanes. Una guerra que perdió el nacionalismo catalán.
- Texto publicado en Diario Siglo XXI.

