Cuán pequeños somos

Fue Luis Pericot, arqueólogo y prehistoriador, quien dijo en algún momento de su dilatada vida (1899-1978) que solamente había dos ciencias que nos hacían tomar conciencia de cuán pequeños somos: la astronomía en el espacio y la prehistoria en el tiempo. Esta última semana se han intercalado en las noticias descubrimientos y acontecimientos que corroboran la proposición planteada por el maestro Pericot. Lo diminutos que somos en el espacio y lo insignificantes que llegamos a ser en el tiempo.

Las imágenes que desde el Discovery y la Estación Espacial Internacional nos han llegado han sido de una belleza indescriptible. Las salidas de los astronautas al espacio exterior han puesto de relieve la soledad que se debe sentir y lo microscópico de uno mismo viendo la Tierra desde las alturas y con el infinito a sus espaldas. Desde un lugar en el que no se distingue entre día y noche, la sensación de cuán pequeños somos debe de penetrar hasta la última célula del más insensible de los humanos.

Las fotografías de los tripulantes del Discovery, paseando por su rededor, con la superficie de la Tierra al fondo, manchada de grandes nubes blancas, marcan –han marcado- un antes y un después en la historia de la humanidad. Cabe recordar, llegado a este punto, que existe una corriente de historiadores que marcan el inicio de una nueva era –en la que todavía nos encontraríamos- con la llegada del hombre a la Luna el 20 de julio de 1969. Por lo que no sería tan descabellado pensar que este viaje del Discovery, y su reparación estando en órbita de la manera que se hizo, fuese un punto importante y a seguir dentro de la historiografía contemporánea.

Pero como la historia es terca, y Pericot fue muy sabio, en la misma semana en la que el hombre se concienciaba de que su existencia en el espacio era minúscula, unos hallazgos en Sudáfrica nos hacían reflexionar, también, sobre nuestra escasa entidad temporal en la historia.

En la revista Science, un grupo de investigadores de la Universidad de Toronto acaban de publicar un artículo donde dan a conocer los hallazgos, en Sudáfrica, de varios huevos con embriones fosilizados de dinosaurios que, según las primeras investigaciones, datan de hace 190 ¡millones de año! Y que los Massospondylus, nombre que recibe el tipo de dinosaurios del hallazgo, en edad adulta llegarían a medir hasta cinco metros de alto.

Para dar mayor fuerza al argumento de Pericot tan sólo hace falta recordar las fechas, aproximadas evidentemente, de la formación de la Tierra (hace 4.500 millones de años), la aparición de los homínidos (hace 4 millones de años) y de la aparición de la escritura (en el III milenio antes de Cristo).

Datos, estos últimos, que confirman cuán pequeños somos al situarnos en la línea temporal de la historia de la humanidad. Y, como bien aseguró don Luis, junto con la astronomía en el espacio, nos hacen tener conciencia de lo irrisorio que somos con respecto al espacio y la vida tan exigua con respecto al tiempo. Es decir, cuán pequeños somos…

- Texto publicado en Diario Siglo XXI.

Trabucar conceptos

Suele ocurrirle a una gran mayoría de personas, que hablando o escribiendo, confunden el concepto con la extensión cómoda y adoptada de este, lo cual acaba por transformar, o pervertir cuando menos, el significado real del concepto originario. ¿A qué me estoy refiriendo?

En ocasiones, para referirnos al Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, que así se denomina, acortamos el término –tanto hablando como escribiendo- hasta el punto que lo reducimos a Gran Bretaña o Inglaterra. Pervirtiendo claramente el lenguaje y su significado. Es evidente que no es lo mismo Gran Bretaña que Reino Unido –término este último único aceptable a la hora de abreviar el nombre real-, ya que el primer término nos sitúa en un plano geográfico y el segundo en una división administrativa (o política). Lo mismo ocurre cuando llamamos ingleses a todos los ciudadanos del Reino Unido, ignorando por completo a los escoceses, galeses o norirlandeses. ¿Acaso podríamos decir que los españoles son los únicos ibéricos? No creo que los portugueses y los andorranos –menos aún los gibraltareños- estuviesen muy de acuerdo, además de no ser cierto, claro.

Algo similar ocurre con el término América. En según qué contexto el escribiente o hablante puede estar refiriéndose al continente americano, en su conjunto, sólo al norte del continente o, sin más, a la nación denominada Estados Unidos de América. E incluso, como le ocurrió recientemente a uno de nuestros ministros, confundir la denominación de los Estados Unidos de América por la de Estados Unidos de Norteamérica. Nombre este último que no corresponde a ninguna nación existente de momento.

Ejemplos como estos podemos encontrar muchos, lamentablemente, como el de asociar –cada vez menos- Rusia con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.). Y, por lo tanto, llamar ruso a un ciudadano ucraniano o lituano, cuando en realidad todos eran soviéticos, pero no todos rusos. Aunque tras la descomposición de la U.R.S.S., a partir de 1991, vamos aprendiendo que no es lo mismo un ruso que un bielorruso.

El uso incorrecto de los términos, definiciones y denominaciones, tanto geográficos y políticos como históricos, que están bien definidos y reglados para que nos podamos entender todos, suele ser algo casi inconsciente y de forma inocente. Pero no siempre. Hay casos en los que la perversión o tergiversación del lenguaje –las palabras que lo forman- es de forma deliberada y con la intención de cambiar su correcto y actual significado. Un ejemplo muy significativo de este último tipo de engaño lingüístico-conceptual es el que utilizan, habitualmente, los políticos para argumentar y legitimar ciertas actitudes y posturas basándose en historias pasadas.

Así, denominar a lo que en un tiempo fue la Corona de Aragón como Corona (¡o Federación!) catalano-aragonesa es, cuando menos, faltar a la verdad. De la misma manera que enfrentar realidades como Galicia y España, como si el primer término no estuviese implícito en el segundo, es trastrocar los conceptos que definen.

Pero cuidado, en realidad, estos últimos dos ejemplos más bien parecen un intento de cambiar la historia en lugar de un error conceptual inocente, lo cual es mucho más grave.

- Texto publicado en Diario Siglo XXI.

Mentiras a una celebración

Henry Kamen es un prestigioso historiador e hispanista británico, que hace pocos meses publicó su última obra titulada “Felipe V: el rey que reinó dos veces”, y que en diversas ocasiones ha conseguido irritar al nacionalismo catalán con declaraciones históricas de gran calado. De todas ellas la más clara es la opinión que tiene el historiador de los hechos ocurridos el 11 de septiembre de 1714 en Barcelona.

El historiador, tras una serie de investigaciones, que no han necesitado ser muy exhaustivas para mostrar hechos reales tal y como sucedieron, ha redactado una serie de acontecimientos que la historia nacionalista-separatista catalana ha ido desfigurando a lo largo del tiempo, principalmente desde finales del siglo XIX, momento en el que se configura el catalanismo, paso previo del actual nacionalismo y que seguramente dará paso a una fuerza separatista radical. Estos acontecimientos que el nacionalismo catalán abandera como fuerza nacional catalana contra las tropas españolas y que tienen en el 11 de septiembre de 1714 su punto de celebración –hay que ser un poco masoquista para celebrar una derrota- como día nacional catalán son hechos de resistencia local, es decir, la resistencia de las tropas del archiduque Carlos y pretendiente al trono real español, no olvidemos esto último, es básicamente en Barcelona y no en toda Cataluña como quieren hacernos ver los perdedores de hoy. Además, la resistencia al ataque borbónico que se lleva a cabo en la ciudad condal tiene una duración de trece meses, con lo cual la fecha del once se septiembre no es más que la fecha de la última derrota, pero ¿por qué no nos recuerdan la fecha del inicio del sitio? O mejor aún, ¿por qué no celebramos durante trece meses el día nacional de Cataluña?

Una de las mayores mentiras que se han contado y se siguen contando, sobre todo por los historiadores y profesores universitarios, es que la guerra fue entre catalanes y españoles. Como si hubiese sido una guerra entre dos naciones o dos estados. Algo que es totalmente falso, ya que la lucha fue entre partidarios del pretendiente borbónico Felipe de Anjou y partidarios del pretendiente Carlos de Austria. Recordemos, nuevamente, que era una guerra civil española, del siglo XVIII, y una guerra civil no es una guerra entre territorios si no que es una guerra entre dos bandos de un mismo territorio. Algo parecido sucede con la guerra civil de 1936 – 1939, los nacionalistas catalanes dicen algo así como que Cataluña perdió la guerra civil y la ganó Franco. Pues vaya falacia. La guerra civil (la del siglo XX sobre todo) la ganan unos y la perdemos todos. Y en el bando borbónico, el que sitiaba Barcelona, encontramos, según el historiador Kamen, a muchos catalanes y muchos de la Corona de Aragón.

Pero esto no es todo, no solo el ejército borbónico tenía contingentes de catalanes, si no que la mitad, aproximadamente, del ejército sitiado estaba compuesto por alemanes. Que siete días antes del 11 de septiembre, el día 4, Rafael Casanova rechazara una rendición digna con Berwick, que estaba al mando de las tropas borbónicas, tampoco se cuenta en las universidades y libros pro-separatistas catalanes. Que las pérdidas de las tropas sitiadas fue de 6000 combatientes, aproximadamente, sí se cuenta, pero que en el otro bando murieron alrededor de 2000 soldados no se cita en ningún sitio. Que entre Casanova y Villarroel no existía buena sintonía lo demuestra la dimisión de este último tras rechazar la propuesta de paz del 4 de septiembre, y no como quieren vendernos ahora los nacionalistas catalanes de que tanto uno como otro son héroes de la patria por la defensa de unos valores, unos sentimientos y una tierra, que realizaron juntamente.

Pero para demostrar, una vez más, que el nacionalismo es obtuso, cerrado e irreal, sólo tenemos que ver el siguiente dato. El héroe de la nación, Rafael Casanova, que defendió casi hasta la muerte su tierra, estaba ya apenas cinco años después en Barcelona, ejerciendo de abogado, viviendo en una casa de gente bien asentada, con dos criados y con numerosas posesiones adquiridas por parte de la familia de su esposa. ¡Qué héroe y cuánto perdió Cataluña! ¡Menuda represión!

Claro que todo esto no lo cuentan los libros -subvencionados- de los estudiantes en las escuelas, los institutos y menos aún, los libros que se recomiendan en las universidades. Tiene que venir un historiador británico a explicarnos nuestra historia, la historia de una guerra civil en el siglo XVIII, una guerra en la que muchos catalanes perdieron pero muchos otros ganaron, igual que el resto de españoles. Una guerra que el nacionalismo catalán cree –o quiere hacernos creer- que perdimos todos los catalanes. Una guerra que perdió el nacionalismo catalán.

- Texto publicado en Diario Siglo XXI.




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