El magnífico Bernal, don Jordi, nos deleita cada semana por estos lares digitales con una suma de palabras que pocos pueden componer con esa grata sonoridad. Ustedes lo saben igual que yo. El pasado viernes nos regaló unas líneas describiendo a los sabelotodo españoles -catalanes incluidos, qué le vamos a hacer- que rondan los micrófonos radiofónicos y/o se sitúan a cada uno de los lados de los espectros ideológico y/o temático. Los españoles sabemos de todo, o eso creemos, viene a decirnos el periodista. Aunque no sepamos de nada.
No sé qué músculo de sabelotodo se cuece en otros países por lo que no puedo desmentir a don Jordi, ni darle la razón. De lo que sí estoy seguro (y cumplo así con el requisito del DNI) es que no hay lugar en el mundo como España donde conseguir una embajada -o cualquier cargo político- sea cuestión de un almuerzo. Lo decía el mejor cronista español -gallego, qué le vamos a hacer- de la historia. Dejó escrito Julio Camba en su excelente ¿Quieres una embajada? cómo le ofreció durante un almuerzo un “íntimo amigo”, que tras el advenimiento de la II República “desempeñaba lo que suele llamarse un alto cargo”, una embajada. Tal cual: “Oye. ¿Tú quieres una Embajada?”. Y no ha cambiado mucho desde entonces.
Sí, don Jordi, España “es un país fascinante”. Es latino, mediterráneo, caliente, impulsivo e irreflexivo. Bruto, en definitiva. Pícaro, en resumen. Por eso, quizás, tuvimos a Larras, Cambas y Plas. Por eso tenemos a sabelotodos en todas y cada una de las profesiones. También en la política. ¿Dígame si no qué es José Montilla? ¿Qué es Carme Chacón? ¿Qué si no un profesional sabelotodo de la política como José Luis Rodríguez Zapatero? ¿Qué puede ser si no Leire Pajín? ¿Y Bibiana Aído? Pues eso, lo mismo dan lecciones de coyunturas planetarias como ofrecen embajadas a sus íntimos. Por cierto, don Jordi, ¿quiere una embajada?


