Manel Gozalbo
Entremos en detalles. Gracias a blogs, agregadores, herramientas de socialización virtual y sistemas de comentarios, cualquier hijo de vecino puede opinar sobre cualquier materia imaginable ante una audiencia —potencial o real— sencillamente imposible hace 30 años, cuando ni llenando un polideportivo o un estadio de fútbol se hubiera acercado. Tres hurras por la libertad de expresión y todo eso, pero no se olvide que, como efecto secundario, la incesante proliferación de voces —paja y grano en inextricable revoltijo— causa confusión y provoca indiferencia. Somos demasiados opinando a la vez y uno no tiene ni tiempo ni ganas de averiguar quién merece ser atendido, y por tanto se queda con aquellos que siente más afines. Consecuencia de todo ello es que el valor de la opinión como argumento de venta se degrada hasta cero zapatero. Y la cosa no remonta si se considera de paso que las estrellas del ramo no opinan “en exclusiva” en un solo medio; es posible leerles en el periódico y luego escucharles reiterar “su columna del día” en la radio y verles gesticularla en una tertulia de televisión, donde la manifiestan como si la estuvieran improvisando en ese momento. Hacer la ruta del tertuliano —seguir todas las intervenciones mediáticas de alguien en un mismo día— es un deporte que depara pocas sorpresas, porque los todólogos salen memorizados de casa o con chuletas como Sarah Palin. Repiten y repiten, a veces con exactamente las mismas palabras (caso comprobado de p.ej. Juan Manuel de Prada). ¿Quién está dispuesto a pagar por mercancía tan (auto)devaluada?


