Washington, jueves, 04 de febrero de 2010
Presidente, Congresistas, señoras y señores, gracias [¿gracias? ¿por qué? ¿se da las gracias en el saludo?].
Gracias [¿otra vez?] por invitarme a participar, en nombre de mi país, en nombre de España, en uno de los actos de mayor tradición y simbolismo en la sociedad americana. Gracias [tres líneas tres ¡gracias!] a los Senadores Klobuchar e Isakson [la primera, del Partido Demócrata y el segundo, Republicano; equilibrado pero sexista, algo más correcto hubiera sido, en lenguaje zapateril: "a la senadora tal y al senador cual"], y permítanme que les hable en castellano, en la lengua en la [sobra un "en" y un "la"] que por primera vez se rezó al Dios del Evangelio en esta tierra [habría que definir "esta tierra", porque América es muy grande y no es lo mismo América del Norte que América del Sur, y tampoco es lo mismo la parte de Estados Unidos que fue colonia española de la parte que no lo fue, de hecho Washington nunca fue suelo dependiente de la metrópoli española].
Nadie como ustedes conoce el valor de la libertad religiosa. Sus antecesores huyeron de la dominación [que mis antepasados, entre otros, ejercíamos] y para que nunca les fuera arrebatada la libertad [más bien, para recuperarla] fundaron este país, una nación, los Estados Unidos, alumbrada en la democracia, que no ha dejado de crecer bajo su fuerza; que abolió la esclavitud [como todas las democracias del mundo], reconoció la igualdad de voto [como todas las democracias del mundo] y proscribió la discriminación [como todas las democracias del mundo]; que ha ensanchado el pluralismo [el pluralismo se permite o no se permite pero no se puede ensanchar o estrechar, existe o no], la tolerancia y el respeto a todas las opciones [¿políticas? ¿culturales? ¿qué opciones?] y creencias [¿religiosas?].
Conquistas admirables, admirables [vale, vale] a ojos de un demócrata que vive en una de las naciones más antiguas del orbe, España [importante puntualización, no vaya a ser que...]; una nación también diversa, forjada en la diversidad [claro, si es diversa tiene que ser "en la diversidad"] y renovada en su diversidad [¿?]; una nación también americana, “la más multicultural de las tierras de Europa, España celta e ibera, fenicia, griega, romana, judía, árabe y cristiana”, sobre todo cristiana, como ha caracterizado desde Latinoamérica Carlos Fuentes a nuestro país [histerología].
Nuestros dos países deben mucho a quienes han venido de fuera [¿quién debe? ¿el país? ¿los ciudadanos? si son ciudadanos, ¿siguen siendo de fuera? ¿hay algún país que no quepa en esta vanal banal oración?]. No se entienden sin ellos, sin los que, a lo largo del tiempo, han llegado a nuestra tierra y, conviviendo, se han convertido en “nosotros”, en lo que somos [pero, ¿no habíamos quedado en que eran países multiculturales y diversos? ¿han llegado a nuestra tierra? será más bien "he llegado a una tierra", ¿quién es ese "nosotros"?].
Permítanme que les lea un pasaje de la Biblia [es obligatorio, nada de permisos, lea, lea], del capítulo 24 del Deuteronomio [¡por Dios! ¡el Deuteronomio! ¡la despedida del legislador! ¡del gran profeta! ¡la muerte de Moisés!]: “No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país. Págale su jornal ese mismo día, antes de que se ponga el sol, porque está necesitado y su vida depende de su jornal” [¿Deuteronomio 14 y 15, del capítulo 24? Sí, pero incompletos, palabrita de El Vaticano. El 24:15 finaliza así: "Así no invocará al Señor contra ti, y tú no te harás responsable de un pecado". Interesante. Es decir, no explotes y paga, pero no por él, sino por ti, por tus pecados. Muy socialdemócrata, desde luego].
No dejemos de velar por la buena integración [la integración no admite adjetivación] de quienes han venido a trabajar y a convivir a nuestros países; no dejemos de velar también por aquellos a los que no podemos acoger entre nosotros, y pasan hambre y miseria en tantos lugares de la Tierra, como las personas que viven en Haití y cuyo infortunio [que no podamos evitar las catástrofes naturales no quiere decir que se produzcan por casualidad, por mala fortuna, por azar o por suerte] nos ha movido a hacer un gran ofrecimiento de solidaridad; una solidaridad [vale, vale] que nos reconcilia con nuestra condición misma de seres humanos [estoy totalmente seguro de que mi presidente nunca ni dejó ni se apartó del género humano, ¿cómo iba a reconciliarse?], vulnerables y fraternos, y que no debe diluirse en el olvido [no, en el olvido no, en el adn].
Asimismo, quiero proclamar el más sentido compromiso con los hombres y las mujeres [¿por qué empezamos con un "señoras y señores" y a estas alturas ya hemos pasado por delante?] que en nuestras sociedades padecen, en estos tiempos difíciles, la falta de trabajo [hombre, hombre... en esto sí, los estadounidenses han sabido elegir al experto]. Todos ellos deben saber que no hay tarea de la que, como gobernantes, nos sintamos más responsables y que no hay tarea que nos acucie más que la de favorecer la creación del empleo.
Hoy mi plegaria quiere reivindicar [las plegarias suplican o ruegan, pero no reivindican] igualmente el derecho de cada persona, en cualquier lugar del mundo, a su autonomía moral [¿?], a su propia búsqueda del bien [desde la coma al punto, estas seis palabras resumen el concepto más peligroso del discurso].
Hoy mi plegaria quiere reivindicar [¡y dale!] la libertad de todos para vivir su propia vida [sí, porque va a ser algo complicado que alguien viva la vida de otro], para vivir con la persona amada y para crear y cuidar a su entorno familiar, mereciendo respeto por ello.
La libertad es la verdad cívica [¿?], la verdad común [¿?]. Es ella la que nos hace verdaderos, auténticos como personas [siempre, desde que se nace, se es auténtico como persona] y como ciudadanos, porque nos permite a cada cual mirar a la cara al destino y buscar la propia verdad [demasiado propio, "propia búsqueda del bien", "propia vida", "propia verdad"].
Pero la tolerancia es mucho más que la aceptación del otro; es descubrir, conocer y reconocer al otro [¿y redescubrir no?]. El desconocimiento del otro [más bien, el intento de aniquilar, destruir, al prójimo] está en la raíz de los conflictos que amenazan a la Humanidad y ponen en peligro nuestro futuro. El odio nace de la ignorancia y la concordia se construye sobre el conocimiento. También la paz ["También la paz", ¿qué? ¿como el "odio" o como la "concordia"?].
España ya fue en el pasado [siempre, siempre si "fue" es "en el pasado"] ejemplo de convivencia entre las tres religiones del Libro (Judaísmo, Cristianismo e Islam [¿por qué no, también, islamismo?]), y hoy defiende en el mundo la tolerancia religiosa y el respeto a la diferencia, el diálogo, la convivencia de las culturas, la Alianza de las Civilizaciones [buenas palabras, 1; resultado, 0]. Lo hacemos con tanta convicción como rechazamos las afirmaciones excluyentes, la superioridad moral, el absolutismo o el fundamentalismo intransigente [Alianza de las Civilizaciones].
Estados Unidos sabe, como también lo sabe España [me encanta este tipo de prosopopeyas, Cataluña es, en sí misma, una enorme prosopopeya; España, en boca de Zapatero, también], que la utilización espuria de la fe religiosa para justificar la violencia puede ser enormemente destructiva y qué mejor momento que este Desayuno de Oración para que recordemos juntos, para que honremos juntos, a nuestras víctimas del terrorismo [¿solo a las nuestras?], porque juntos también defendemos la libertad allí donde se ve amenazada [como en Afganistán, ¿guerra o misión de paz?].
Señor Presidente, Congresistas, señoras y señores [volvemos al segundo lugar],
Ya sea con una dimensión trascendente o cívica [¿?], la libertad es siempre el fundamento de la esperanza, de la esperanza en el futuro.
“Por la libertad, así como por la honra -se dice en ‘El Quijote’ [en un escaparate como este, al menos, podíamos haber vendido correctamente el libro], la obra literaria más importante escrita en español- se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos…” [acertada cita de un texto literario frente a otro, en su mismo plano; quizás no sea el lugar, pero sí la cita]. Que ese don siga iluminando a América y a todos los pueblos de la Tierra [Amén].


Comentarios
Todo muy bien, menos lo de “vanal”, que chirría bastante, la verdad.
BANAL por Dios (ya que estamos de plegarias).
Salud