El obispo saliente de San Sebastián, Juan María Uriarte, se ha despedido este sábado de sus fieles con una homilía en la que ha dicho, entre otras cosas, que “esta diócesis no se merece la visión peyorativa que bastantes parecen complacerse en airear”. Uriarte debería habérselo pensado antes. Su currículo es de aúpa. Algunos ejemplos:

Mayo de 2000. Uriarte pide el acercamiento de los presos estarras a las cárceles del País Vasco en el funeral de José Luis López de Lacalle, asesinado por ETA.

Enero de 2002. El obispo mete en el mismo saco el sufrimiento de “los duros zarpazos de la violencia” de ETA con “las personas que están en las cárceles o las que sufren la dispersión”.

Mayo de 2002. En política hasta las cejas. Los tres obispos vascos critican la Ley de Partidos que ilegaliza Batasuna, después de que la justicia determine que pertenece a ETA, porque “tales consecuencias afectan a nuestra convivencia y a la causa de la paz”.

Noviembre de 2002. Después de que la Conferencia Episcopal emitiera, tras su correspondiente votación y aprobación: 63 votos a favor, 8 en contra y 5 abstenciones, la instrucción pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y sus consecuencias que incluía una condena al nacionalismo excluyente, Uriarte emite un comunicado en el que advierte de que la instrucción “no es en sí mismo moralmente vinculante” porque, entre otras cosas, no ha sido aprobada “por unanimidad”.

Enero de 2003. Uriarte se niega a celebrar un funeral en memoria del edil del PP asesinado por ETA en 1995 Gregorio Ordóñez.

Septiembre de 2003. El obispo de San Sebastián vuelve a poner en el mismo plano la “violencia real o amenazante” de ETA y lo que él llama “violencia moral que pueden ejercer los poderes legislativo, judicial o ejecutivo”.

Agosto de 2004. El prelado defiende las tesis de los etarras detenidos y pide que se debe “humanizar la situación de los presos” de ETA -¿humanizar?-, y advierte de que “en un país pequeño como el nuestro la red de sufrimiento y justo descontento que se crea en torno a los numerosos centenares de seres humanos que se encuentran muy dentro y muy lejos de los suyos, dificulta gravemente el camino hacia una reconciliación social”. Habla de los asesinos de ETA que se encuentran en la cárcel y sus familiares.

Octubre de 2005. Vuelve a pedir “humanizar la situación de los presos” de ETA.

Enero de 2006. En un mensaje escrito, Uriarte se apunta a la tesis de que no debe haber ni vencedores ni vencidos tras el supuesto fin de ETA, es decir que el Estado de derecho debe perdonar a asesinos para que estos perdonen al Estado, afirmando que “las situaciones de conflicto perduran porque los derechos humanos de los individuos y de las colectividades no son debidamente respetados”. ¿Qué derechos humanos? ¿Qué colectividades?

También en enero de 2006. Para el obispo de San Sebastián la “aplicación excesivamente rígida de la ley constituye un obstáculo para avanzar hacia la pacificación”.

Diciembre de 2007. Uriarte lamenta que los etarras presos en las cárceles no puedan pasar la Navidad con sus familares para poder cantar villancicos.

Agosto de 2008. En una homilía en Azpeitia, el obispo llama “exiliados” a los terroristas de ETA huidos para que no sean detenidos.

Marzo de 2009. Uriarte muestra, en una conferencia en Bilbao, su “cercanía” y “sensibilidad” hacia los familiares de los presos de ETA que “sufren” al tener que desplazarse centenares de kilómetros.

Eso sí, ha cumplido a rajatabla la pastosa equidistancia de la Iglesia vasca, capaz además de pedir al Legislador que ni judicialice la política ni politice la justicia. Manda huevos, monseñor. Y el PP, caso curioso, ha pasado de advertir a Uriarte de que “no se puede estar con Dios y el diablo a la vez”, en agosto de 2006, a acudir a la despedida del monseñor este mismo sábado. Y luego habla de prejuicios.