La corrupción no acaba con el político

La corrupción económica nunca ha sido penalizada en unas urnas, al menos en España. El llamado caso Juan Guerra no sirvió para que el PSOE andaluz dejara la Junta de Andalucía -ahí siguen- y menos aún para que el clan de la tortilla se fuera de la Moncloa. Tampoco fueron decisivos para el PSOE el caso Filesa o el caso Roldán por poner algunos ejemplos.

En Cataluña, sin ir más lejos, Banca Catalana se convirtió en el mejor escaparate político de Jordi Pujol y, desde entonces, este remoto enclave del Mediterráneo se configuró asimismo inmune a la corruptela envuelta en la señera. Es decir, la ciudadanía se ha adaptado (y con gusto) a pagar un sobrecoste de un 3% por cada transacción económica que realiza.

El caso Gürtel salpica ahora al PP. Ya se verá si esta trama castiga a Camps en las elecciones autonómicas de 2011 pero lo que sí podemos asegurar de momento es que las encuestas dicen todo lo contrario. Lo publicó Interviú, no hace mucho: tanto el PP como el PSPV manejan encuestas que incluso amplían la distancia entre populares y socialistas en la Comunidad Valenciana. Dejando al margen el ámbito local (tan claro, tan cercano, tan chusquero y tan difícil; es decir, a mano de recibir los insultos y las tortas) la corrupción no castiga electoralmente al político en el poder.

Algunos se preguntan, que “con todo lo que está cayendo”, cómo puede ser que se siga votando al PP en la Comunidad Valenciana, al PSOE en Andalucía y a CiU en Cataluña -aunque este último no gobierne desde 2003 es el partido con más escaños en el Parlamento autonómico, y solo ha sido desalojado del poder político por una cuestión de cantidad: el PSC ha ofrecido más prevendas a ERC que los nacionalistas postpujolistas-.

Nadie tiene la respuesta a esta cuestión, más bien sociológica y muy española -cabe recordar en este punto que a Ruiz Mateos lo enviamos a Europa y Jesús Gil se convirtió en un alcalde querido no hace mucho, tras el correspondiente paso electoral-, pero sí hay una respuesta, en forma de pregunta, que dar a los perplejos: ¿no será que el desprestigio de los medios de comunicación es aún mayor que el de los partidos políticos?