
Curioso esto de ser honrado en donde se nace y en donde se pace. Sobre todo si es el mismo sitio y si el sitio está en España. Natalia Rodríguez, tarraconense, llegó la primera en la final de los 1.500 metros en el Campeonato del Mundo de Atletismo disputado recientemente en Berlín. Pero no se llevó el oro que acredita ser la mejor atleta de la prueba al menos durante dos años. A 200 metros de la línea final empujó con su brazo derecho a la etíope Gelete Burka y esta cayó a la pista quedándose sin posibilidad alguna de obtener metal. Rodríguez, asimismo, puso pie fuera de la pista roja aunque prosiguió hasta llegar, la primera, al final. Movimiento y acto ilegal. Y punto. No.
Rodriguez ha llegado a España, primero a Barajas y después al Campo de Tarragona, con la aureola de vencedora moral y legítima. ¡Quiá! Y no es culpa de ella. Solo intentó ganar con tretas más típicas de una carrera popular o de instituto, pero fue vista y descalificada. El reglamento está, precisamente, para diferenciar escuela de profesionalismo. ¿De dónde sale la euforia de los seguidores a recibirla al aeropuerto y a la estación de AVE? ¿Habrían hecho lo mismo si Natalia hubiera quedado sexta, una posición privilegiada, pero fuera de toda memoria colectiva y de las preciadas medallas? ¿Qué pinta el Ayuntamiento de Tarragona homenajeando a alguien que ha incumplido las normas de una carrera para ganar a toda costa? Insisto, la culpa no es de la atleta, la culpa es de ese Mortadelo y Filemón de la pancarta.


