Nadie puede negar que algo está pasando en Teherán. Las manifestaciones en apoyo al líder Mir Hosein Musaví, derrotado en las pasadas elecciones, se repiten día tras día. Las autoridades iraníes, en manos del vencedor y reelecto Mahmud Ahmadineyad, no han dudado en utilizar la máxima fuerza para disolver las distintas muestras de apoyo en las calles de la capital de Irán. El resultado: más de diez muertos, que Amnistía Internacional eleva a quince, aunque ha aclarado que es “extremadamente difícil” comprobar esos datos.

Que algo está pasando en Teherán nadie puede negarlo. Encontrar declaraciones críticas al Gobierno iraní por la forma en que está llevando el intento de control de las protestas callejeras es todo un símbolo. Si estas críticas están firmadas por Mohamed Jatamí, ex presidente del país, o Hosein Ali Montazerí, ayatolá y uno de los instigadores de la revolución islámica de 1979, la relevancia es máxima. Pero, Teherán (más de 7 millones de habitantes) no es Irán (más de 71 millones de habitantes).

En ocasiones, imbuidos por la vorágine de información que Occidente permite, distorsionamos la realidad de Irán. Pensar, por ejemplo, que Masaví es un personaje político aperturista, tal y como concebimos el término aperturista, es decir aperturista a Occidente, no deja de alejarse de la realidad. ‘El paro, la inflación, las tensiones en la política exterior, la dura represión sobre las minorías religiosas y étnicas, las molestias de las patrullas del moral religioso, y la falta de perspectiva para salir de esta situación, han llevado a la sociedad al borde de tal colapso’, y esto, en palabras de la politóloga y escritora Nazanin Amirian, ha sido utilizado por la facción reformista, que no quiere decir rupturista con el régimen islámico implantado.

Lo que Irán se está jugando en esta (no) revolución tweet es mucho, desde luego. Muchísimo, quizás. Pero lo que Irán no se está jugando, seguro, es acabar con un régimen, el de los ayatolás y el control civil por parte del poder religioso. Dicho de otra manera: Musaví y Ahmadineyad se están jugando el control de la acción del poder dictado por, desde 1989, Alí Jamenei, sucesor de Jomeini. Un mismo régimen para dos visiones: la ultraconservadora integrista o la conservadora islámica. Un paso, desde luego, pero nada más (y nada menos) que eso.