Ernesto Hernández Busto, editor y director de Penúltimos Días, escritor y periodista (y pese a todo esto, amigo) lleva algunas semanas destapando falsas independencias de una parte del exilio cubano instalado en la subvención española vía Ministerio de Exteriores. EHB no concibe su blog de información ‘como un proyecto inspirado en el diálogo conciliador con los ministerios sino en la crítica de plaza pública, no en el falso consenso subvencionado sino en la libre y abierta discusión de las ideas’, por esto, entre otras muchas cosas:

[...] Volvamos a Internet, y comparemos, por ejemplo, la audiencia lograda por Cubaencuentro en los últimos diez años con el fenómeno Generación Y, el conocido blog de Yoani Sánchez, que tiene apenas veinte meses de fundado. Tal vez así sea más fácil darnos cuenta de qué cosa es tener verdadera influencia, y por qué la cultura subvencionada tiende, por su propia naturaleza, a pervertir el funcionamiento cultural y periodístico limitando la acción y el diálogo al ejercicio de “aplicar para recibir dinero”.

Leo Cubaencuentro todas las mañanas, y cada día me arranca alguna carcajada. Copian de las agencias, ningunean a los blogs más importantes, son incapaces de divulgar la convocatoria a un concurso de blogs independientes dentro de la isla pero se toman el tiempo de poner un ridículo sello de la AECC [Asociación Encuentro de la Cultura Cubana] a una fotos de los años cincuenta que llevan casi un año colgadas en foros cubanos y en Flickr por un bloguero. Se atreven a anunciar como uno de los hechos noticiosos más importantes del 2008 el rediseño de su propio espacio digital, pero ignoran los más importantes artículos sobre Cuba aparecidos en la influyente prensa anglosajona. Invitan a algunos bloggers a ejercer su independencia dentro del portal, pero contabilizan como propios todos los hits que éstos atraen con su “independencia”. Presumen de nivel periodístico y plantilla autónoma, pero no producen autónomamente ni un 15% de las noticias, reportajes y videos que publican. Su columnismo es muchas veces el refugio preferido de académicos desacreditados y de lo peor de la cubanología; sus polémicas resultan cada vez más previsibles y sosas.

Ninguna de estas reflexiones procede del rencor propiciado por un posible sentimiento de exclusión. He publicado ocasionalmente en las páginas de la revista y en el portal de Internet. He debatido y he sido comentado esos espacios. Si en determinado momento dejé de hacerlo fue porque me pareció que la AECC había empezado a usar su retórica del consenso para presumir de una acción cultural cuyos presupuestos no comparto, y que me resulta sencillamente sobredimensionada.

Ya va siendo hora de que los cubanos puedan defender un anticastrismo bueno, bonito y barato.