De un tiempo a esta parte solo me fijo en los nudos de las corbatas. La imperfección puede convertirse en norma cuando está muy extendida y aceptada. No importa. Imperfecta es la muerte y hay que acostumbrarse a ella. Desde que a principios de junio la cruda realidad nos golpeó en la cara (la muerte ni siquiera respetó que yo aún no hubiera pasado por la ducha diaria) la música suena de otra manera, la comida se ha vuelto insípida, el cine se ha empobrecido, la literatura no es el aullido que llegó a ser y solo el trabajo evita la melancolía. Workaholic, me han dicho. Qué sabrán ellos. Las gracias, besos, abrazos y arrumacos tienen su momento. Desperdiciarlos no tiene perdón.