Vuelvo de Roma (aunque tenía que haber ido a París), limpio de costumbrismos paletos y pueblerinos -¡magnífica frase aquella que recomendaba a los nacionalistas viajar!-. Ciudad eterna que, pese a su suciedad, huele a libertad. Libertad que tiene que ir, cómo no, ligada a la anarquí­a que se transmite a la hora de coger el coche o cruzar la calle por el paso de peatones. Nada que ver, sin embargo, con Zimbabwe.

Y, mientras tanto por estas tierras, algunos siguen buscando el centro