Hay cierta obsesión con Obama, en algunos diarios. Recuerda, en parte, a la hiperinformación que en 2004 nos vendían de Kerry y las reacciones de sorpresa que llenaron las páginas de los mismos medios tras la victoria de Bush. Los artículos de opinión están para eso, pero el diario debería conseguir equilibrar la información. Asegurar que “el senador negro se acerca a su rival [Clinton] en número de delegados”, después del supermartes, es, sencillamente, mentira. Pese a que la primera gran cita de las primarias no decidiera quién será el candidato demócrata, Clinton venció y amplió su diferencia de delgados (que de eso se trata y no de más votos en total o más estados). El empujón que le quiere dar El País lo explica Santiago González, aunque la influencia del diario en los electores estadounidenses sea nula.

Siempre hay frases más desafortunadas, aunque estas no sean mentira. Titular, en portada, con una obviedad tal como que acudiendo al centro público autonómico de Aragón que gestiona el empleo “aumenta las posibilidades de trabajar”, es como abrir la página de deportes de cualquier periódico y leer que la pelota con la que se jugará el próximo partido de fútbol es redonda. O lo mismo que utilizar el anonimato de la Wikipedia para basar un juicio científico.

Por lo visto, es recomendable decir las cosas claras, aunque sean una obviedad o mentira. Y aunque no lo sean también. Se destila la claridad. Que Izquierda Unida (IU) no ha conseguido escaño en determinadas provincias, pues se dice con claridad dónde no hay que votar a IU. Que se acercan las eleciones, pues, por si hubiera alguna duda, se deja claro en la portada a quién hay que votar.

Lo que no saben algunos es que, en breve, ni siquiera tendremos lectores.